Desde el inicio de los tiempos, la aparición y desaparición de la luz, el día y la noche, el invierno y la primavera, estaban asociados con diversas mitologías. Por eso, una de las mayores fiestas de la Antigüedad celebraba el nacimiento del sol el 25 de diciembre, el día en que terminan las largas noches de invierno y los días comienzan a alargarse de nuevo: es la celebración del triunfo de la luz sobre las tinieblas. De ahí que el nacimiento de Jesús, que se conmemora en esta fecha, representa la victoria de Dios sobre la oscuridad. Los cristianos asocian la oscuridad con el mal, pues para el hombre las tinieblas representan lo desconocido.Desde entonces, el fuego es parte vital de las ceremonias decembrinas, pues la Navidad se asocia con la luz que el Mesías trae a la humanidad. De esta forma la costumbre de iluminar los árboles, los Belenes, y en los últimos tiempos, las casas y las calles es una evocación de esas creencias y ritual remoto.En la Antigüedad no había luz eléctrica invento que surgió a finales del siglo XIX y la gente tenía que acudir a las fogatas y en las casas, a las velas, sin embargo, al alumbrar el árbol el riesgo de incendio era inmensamente, por lo que en muchos hogares solamente se excedía la víspera de Navidad y una persona debía permanecer vigilante para evitar accidentes. En 1895, trece años después de que Thomas Edison inventara la bombilla, Grover Cleveland, presidente de Estados Unidos,