Cuando era pequeño vivía en Colón, una ciudad costera de Panamá. Recuerdo que frente a mi casa había una capilla hermosa de las Siervas de María a la que me gusta ir.
Con cuánto gusto cruzaba la calle por las mañanas antes de ir al colegio para participar de la misa.
Dios ha dispuesto permanecer cerca de mi vida.
Ahora, de grande y casado, vivo en Panamá. Frente a mi casa se ha mudado el Opus Dei y tengo una capilla cruzando la calle. Mi vecino, me encanta decirlo, se llama Jesús.
Me asomo a saludarlo desde el balcón, por las mañanas, y cuando puedo, cruzo para charlar con él.
Me siento feliz de vivir en una familia y saber que pudo santificarme en este hermoso sacramento junto a Vida, mi esposa y mis hijos: Claudio Guillermo, Ana Belén, José Miguel y Luis Felipe.
He descubierto que la vida adquiere su valor cuando nos decidimos a vivirla para Dios.
No somos perfectos, ¿quién lo es?
Me encanta saber que el buen Dios me ama tal cual soy. Y que cuando caigo, puedo volverme a levantar y que siempre tendré a al buen Dios apoyándome, guiando mis pasos.
Escribir es la forma que hallé para agradecerle tanto favor, tanta gracia, tanto amor.
Ese soy yo, un simple mortal, agradecido: porque sé que todo, se lo debo a él.
