Nacida en Alemania, dentro de una familia judía, Edith Stein (1891-1942) enfrentó dos luchas desconcertantes en el curso de su vida. Por un lado, la filosofía, a través de una búsqueda de la verdad que la situaría dentro de la senda de Husserl, cercana a intelectuales como Alexander Koyréou y más tarde de Jacques Maritaín. Por otra parte, la fe cristiana, a la que se convirtió después de una lectura apasionada de la vida de santa Teresa de Ávila. Se abrió así el camino que la conduciría al Carmelo, elección que vivió como drama interior y familiar, ante la oposición de su madre que no aceptaba la conversión de su hija al cristianismo. Durante los años treinta, las persecuciones antisemitas por parte de los nazis asolaban Alemania, y durante el curso de la guerra Edith Stein debió refugiarse dentro de un convento en los Países Bajos. Sin embargo, los nazis terminaron por aprehenderla. Murió como prisionera en Auschwitz, junto a su hermana. A pesar de su conversión al cristianismo, jamás se apartó del pueblo judío y compartió con él, hasta el final, la experiencia trágica del Holocausto. En un prefacio sugerente, Dominique Poirot subraya abiertamente la dimensión compleja y enérgica de esta figura poderosa de la espiritualidad del siglo XX.