Un hombre asediado por el ruido entra en una espiral de mudanzas, pleitos legales y reflexiones filosóficas que lo llevan al borde de un abismo emocional.
«Las cosas temidas, si se apartan de nosotros, al ser nombradas regresan, porque confunden la mención con el llamado».
El protagonista de El silenciero atribuye todos sus pesares al ruido. Un taller que se instala en el fondo de su casa, una radio incesante en la pared lindera, chirridos de metal, motores que pasan. El trajín de la vida cotidiana confabulado para no dejarlo ser. Atrapado en una espiral de mudanzas, pleitos legales y reflexiones metafísicas, ve pasar las horas, el crecimiento de la urbe, su trabajo y el amor como algo meramente accidental en su búsqueda desesperada por un rato en paz. Sin adornos en su estilo, con un lenguaje implacable, contundente sin énfasis, Antonio Di Benedetto nos ofrece una novela sobre un hombre cuyos días avanzan pero no progresan, para quien la vigilia y el sueño se confunden en una maraña de sonidos que, en metonimia, representan toda la experiencia humana. A través de su protagonista, pinta un retrato escéptico en el que el ruido ya no es un fenómeno sonoro sino una distorsión espiritual. Una obra que, en definitiva, nos pone frente al absurdo del mundo.