Roxana pasó de vivir en libertad estética en la costa ecuatoriana, a cumplir lo que esperaba Guayaquil: una ciudad obsesionada con el estatus de clase y la blanquitud, donde solo las mujeres de pelo lacio son consideradas hermosas y exitosas. A pesar de crecer con recursos económicos limitados, se graduó en una de las mejores universidades del país y ascendió a Directora Creativa en una de las agencias de publicidad más importantes. Luego de un año en ese puesto, queda relegada por un hombre colombiano. La noticia se la dan frente a todo su equipo y se convierte en la humillación más grande que ha experimentado a lo largo de su carrera.
En busca de respuestas, Roxana regresa al mar. Su pelo, que recientemente pasó por un proceso de alisado, parece revivir con el agua salina y se enreda con su personalidad. El pelo empieza a hablar de diosas, a tomar decisiones impulsivas que llevan a Roxana a buscar vengarse del hombre que ocupó su puesto. El pelo se
toma su voz por completo y convierte sus palabras en trazos caligráficos escritos a mano, alrededor de la novela. Un día, el pelo de Roxana la hace explotar en furia y sus brazos, como si fueran tentáculos de alguna bestia mitológica, le pegan a su enemigo. La protagonista parece darse cuenta de que su pelo ha tomado muchas decisiones por ella.